El Terremoto que arrasó con nuestros pueblos

Intercambio comunidades afectadas por el extractivismo.

El pueblo de Macondo, creado por Gabo, fue fundado a la orilla de un río cristalino y en medio de una ciénaga húmeda y generosa en frutos y animales. Cien años después, desaparece arrasada por un vendaval procedente del extranjero que llega con sus trenes ruidosos, el hielo, los relojes y otros artefactos, provocando la extinción de los Buendía. Esta metáfora, pareciera repetirse, no con el vendaval de las bananeras que arrasaron con Macondo, sino con el vendaval del extractivismo que busca desaparecer a las comunidades del corredor minero colombiano.

Minería de carbón y cultivo de palma que rodean la comunidad de El Hatillo, Cesar, Colombia.

Ante este este escenario, las organizaciones Pensamiento y Acción Social  PAS y Tierra de Hombre TDH, llevamos a cabo un intercambio cultural junto a niños, niñas y jóvenes de 3 comunidades del corredor minero para fortalecer los vínculos entre las éstas, compartir experiencias y posibilitar un diálogo en el que los niños, niñas y jóvenes reflexionaran sobre su realidad en medio del extractivismo. 

Entre el 19 y el 21 de julio un grupo de niños, niñas y jóvenes (NNJ) del El Hatillo (Cesar), una comunidad que por la Resolución 0970 del 2010 del Ministerio de Medio Ambiente tiene que reasentarse involuntariamente de su lugar de origen por los altos niveles de contaminación en el aire causados por la minería de carbón ejercida por las empresas CNR, GLENCORE y PRODECO, viajó a Tamaquito II y Roche (Guajira) para intercambiar experiencias con un grupo de NNJ de estas dos comunidades que fueron reasentadas por la empresa Cerrejón. 

 

Karol Berrio, una de las integrantes de Voces de el Hatillo que asistió a este evento, describió la presencia minera como el terremoto que generó un desplazamiento humano similar al de Macondo.

Propusimos como objetivo de este encuentro identificar las percepciones que los niños, niñas y jóvenes de El Hatillo tienen de los reasentamientos involuntarios en estas comunidades y reflexionar en torno a las transformaciones sociales, culturales y ambientales que sufren los territorios al ser traslados de su lugar de origen o sus sitios ancestrales por la expansión de los proyectos extractivistas. Además de esto, se buscaba construir vínculos de integración y comunicación entre los participantes, a través de una actividad que permitiera reconocer al otro y posibilitara la reciprocidad del diálogo, de un lado, y de otro, la posibilidad de promover una participación activa con las y los niños, niñas y jóvenes quienes reflexionaron sobre su realidad a partir. A continuación, compartimos una breve descripción del intercambio El intercambio fortaleció el conocimiento de los NNJ sobre reasentamientos involuntarios, propiciando así una participación activa en sus comunidades.  A continuación, presentamos un recuento de lo que fue la experiencia.

1) El Nuevo Paisaje

Para salir y entrar de El Hatillo es necesario cruzar por la carretera de La Loma, un corredor gris, rodeado de montañas de tierra, polvillo de carbón y extractores gigantes; este paisaje desolador contrasta con los cañaguates, mangos, tamarindos y otros árboles frutales nativos que cobijan el camino desde Cuatro Vientos hasta Valledupar. Antes de salir hacía Codazzi tuvimos que esperar el interminable paso del tren que lleva el carbón del Cesar a la Ciénaga y Santa Marta, un sistema de transporte precario que afecta a más de 3.000 familias cercanas a la línea férrea en Bosconia a causa del polvillo de carbón que desperdiga la máquina y los altos niveles de contaminación auditiva que genera su tránsito por la zona. (Heraldo,2018)

 

En la región se encuentra la mina de Cerrejón, una de las minas a cielo abierto más grandes de América Latina, que ha causado fuertes impactos ambientales, sociales y culturales en la región y ha sido el responsable del reasentamiento involuntario de más de cuatro comunidades del municipio. Pese a esta situación, Barrancas, municipio en el que se encuentra gran parte de la mina, celebra a principios de octubre el reinado del carbón y promociona el turismo extractivo, en donde la empresa realiza recorridos para que los turistas, gringos o cachacos, tomen fotografías a los tajos que dejan las explotaciones y a las máquinas descomunales que utilizan para extraer el carbón. 

No muy lejos se encuentran las comunidades de Roche y Tamaquito, a las que llegamos junto con 30 niños, niñas y jóvenes de El Hatillo.

El sábado 20 de julio llegamos a la escuela de la comunidad, en ese lugar, Baudis González, un joven que se está formando como líder wayuú, nos recibió con calidez y acomodó nuestro equipaje. Luego nos llevó a las enramadas, un comedor comunal fresco y rodeado de árboles, para desayunar pollo y chicha de maíz, y nos acompañó al salón comunal que estaba adornado con totumos, mochilas y telares por nuestra visita. Allí desarrollamos una actividad de integración e intercambio de expectativas e intereses entre los niños, niñas y jóvenes de Roche, Tamaquito II y El Hatillo y un taller de reportaje.  Al medio día almorzamos chivo, arroz y harinita (maíz tostado molido con azúcar) mientras dos jóvenes wayuú nos compartían sus platos típicos como el yajaushi: maíz molido con leche, el arroz de secina; chivo asoleado, chicha de maíz, entre otros platos con nombres sonoros y que hacen parte de sus tradiciones y saberes ancestrales y que como los jóvenes, niños y niñas constataron horas más tarde  en las entrevistas, se han ido perdiendo en seguida  del reasentamiento.

Después de descansar y esperar que el sol del mediodía disminuyera, se reunieron los grupos de investigación de El Hatillo, para recorrer Tamaquito y conocerlo desde distintas perspectivas.  El agua, la comida, los mitos, las plantas medicinales, entre otros, eran los temas que cada grupo debia investigar. Con el mapa de Tamaquito en mano, iniciaron un recorrido para entrevistar a distintos miembros de la comunidad, y así identificar las transformaciones sociales, culturales y ambientales que ha causado el reasentamiento involuntario a causa del Extractivismo de carbón. El primer grupo de niños, conformado alrededor de Mitos y leyendas, entrevistó al señor Henry Ureche, quien les contó que en ese lugar las brujas engañaban a la gente, se transformaban en armadillos, iguanas y gallinas y se escabullían en los arroyos Caurina y Coruas cuando las iban a atrapar,  también les habló de la  llorona y de un pájaro blanco que  piaba y les refundía la escopeta y los cuchillos  a los hombres que cazaban en el monte. De acuerdo con su testimonio, en el nuevo territorio los espíritus no son bien recibidos, por esa razón, han ido desapareciendo de la región y de la memoria de algunos habitantes de la comunidad.

2) prácticas alimenticias y la memoria del agua

Posteriormente se presentó el grupo que investigó la alimentación, hablaron con Jemis Pérez, una joven wayuú que les contó que en el lugar de origen se comía mazamorra de guaimaro, una frutica negra y jugosa que se extraía de un árbol de la región, que además de ser utilizada en distintas recetas de la comunidad, brindaba buena sombra para descansar; mazamorra de leche con sal llamada yajaushi, carne de iguana, fríjol, ahuyama con leche, yuca, entre otros alimentos, que no crecen actualmente porque en el nuevo territorio la tierra está seca y mala.

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En el nuevo territorio no comemos muchos animales, pues nuestros padres iban y los cazaban para nosotros, actualmente la mayor parte de la población se alimenta con pollo o con cosas enlatadas, en estos momentos estamos tratando de recuperar los alimentos del sitio de origen, por eso implementamos una granja donde cultivamos fríjoles, maíz, yuca, plátano, guineo, también existe un galpón con pollo de engorde, nosotros intentamos sembrar la comida porque actualmente hay mucho químico en los alimentos, contrario a la comida que comían nuestros abuelos y que los dejaban como unos robles.

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Según Jemis, la comida reúne e integra a la comunidad, así, por ejemplo, en las festividades de la Virgen del Carmen, las mujeres, los niños y niñas se visten de blanco, los hombres prenden una fogata, se ofrece chicha y bollitos de maíz cariaco, se cuentan chistes, bailan y conversan hasta media noche.  En su contexto cotidiano, estos encuentros posibilitan unas formas de conectarse con las personas, desde un relacionamiento sencillo que privilegia, en cualquiera de sus intencionalidades (como la risa, el chisme, el juego) la conversación, el reconocimiento del otro, y con ello, la creación de lazos vecinales.

 

Entre las diversas actividades grupales, se destaca la entrevista sobre el agua, así, Baudis González y Alexander Arregocés recordaron que en el antiguo territorio se bañaban y alimentaban de los arroyos Caurina y Coluas: sus aguas eran dulces y cristalinas, en las épocas de verano los pozos desaparecían pero contaban con los manantiales, siempre tenían agua, actualmente la comunidad solo cuenta con un pozo que recoge agua cuando llueve, la resguarda 2 ó 3 días y nuevamente queda seco.

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Cuando éramos niños, los arroyos eran nuestras atracciones, nosotros le poníamos nombres, como el pozo zimbador o el chiquí (…)  ahora si tú retornas al territorio antiguo, no hay nada, los pozos están secos, el polvillo de carbón y las constantes explotaciones que hace la mina de cerrejón produce que el agua cambie su cauce, para que vuelva el agua nosotros retornamos y hacemos rituales, hacemos sacrificios de chivos y novillos. Uno de los acuerdos con la empresa es que ellos no podían intervenir el antiguo territorio, pues el agua y el territorio son sagrados para nosotros.

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Cuando comenzamos a comprender la importancia de los arroyos y de los ríos para la vida diaria de habitantes Tamaquito, para sus tradiciones y creencias locales, su forma de entender el territorio y las relaciones que se tejen en él, no es difícil comparar esas visiones del río con la relación que tienen con la vida. Ambos, agua y vida, son un punto de encuentro, son un puente que conecta el aquí con el allá, que habilita la comunicación, el diálogo, la fuerza de construir, ambos son territorio, cultura, fiesta; ambos, en esta región tan abatida, muestran y enseñan su capacidad de resiliencia, de renovación y ahí en esa reflexión, irrumpen potentes, vitales, en la vida diaria de la comunidad.

 

En la tarde, seguimos recorriendo la comunidad y visitamos la huerta de plantas medicinales, allí Daniel Solano Cifuentes, un joven conocedor e investigador de las propiedades de las plantas nativas, nos habló de las propiedades y usos de la anamú, la albaquita y el malambito e hizo énfasis en la dificultad que tienen los habitantes del nuevo Tamaquito para acceder a estas plantas, pues en el nuevo territorio “se cuenta únicamente con veinte especies y en el anterior con más de 200”. Horas más tarde y gracias a la gestión de Baudis, un grupo de mujeres nos cantó el himno nacional en wayuunaiki (idioma oficial de la comunidad wayuu y que hace parte de la familia lingüística de arawak) seguida de la presentación de la yonna, un baile ritual wayuú donde un grupo de mujeres imitaron el movimiento del pájaro alcaraván.

3) SOBRE LA MEMORIA DEL CUERPO

Cuando el sol comenzaba a ocultarse nos mostraron la pista de la lucha, en donde Juan Daniel, uno de los integrantes de Voces del Hatillo, luchó contra unos de los niños de Tamaquito.  En la noche algunos miembros de la comunidad encendieron una fogata y nos invitaron a comer arepitas de maíz cariaco y chicha, mientras Henry Ureche nos contaba leyendas e historias de miedo. Antes de empezar, el narrador compartió con nosotros una reflexión sobre los impactos que tuvo para él el desplazamiento involuntario del  Tamaquito ancestral.

“Ustedes tienen que mirar al futuro, no miren únicamente al pasado, van a ver muchos impactos, de pronto ustedes no lo van a sentir en el instante, pero lo van a ver después, llega un momento en el que ustedes van a recordar ese pueblo donde nacieron, donde se criaron, donde están viendo la realidad, es posible que en otro sitio no vayan a vivir en armonía, a vivir en paz, yo fui el último de las personas que me vine y fue muy duro el trasladarme de un sitio, porque el sitio en donde uno está, es un territorio madre.”             

Con tristeza el narrador nos advirtió que en el nuevo territorio los espíritus ya no se comunican con ellos, tampoco se aparecen en los sueños para guiar y aclarar sus pasos.  En Tamaquito II, así como en otras comunidades indígenas, campesinas o afros, la tradición oral es determinante, pues a través de ésta se propagan los mitos, se afianzan las historias del grupo, se reconstruyen las historias pasadas, es decir, se conservan la memoria y los recuerdos necesarios para la cohesión del grupo y el fortalecimiento de los vínculos comunitarios (Zumthor).  De acuerdo con el narrador, el único espíritu que se aparece en la comunidad es la llorona, la mujer atraviesa la escuela y vaga solitaria por la huerta, en espera quizá de otros espíritus que se quedaron en el Tamaquito ancestral. Por esa y otras tantas razones, el señor Henry junto con otros hombres, mujeres y niños, retornan periódicamente a su antiguo territorio, pues ahí pueden cazar animales, utilizar plantas medicinales, acceder a o río, entre otras actividades que no pueden realizar en esta nueva tierra. En la noche regresamos a la escuela, algunos guindamos hamacas y  chinchorros, mientras que otros se encerraron en la escuela, pues tenían miedo de escuchar los alaridos de la llorona.

 

El domingo 21 de julio nos despertó una nube de cotorras y el enfurecido viento de la región, nos alistamos y partimos hacía Roche, una comunidad afrodescendiente que como mencionamos anteriormente, fue reasentada por el Cerrejón en el 2010, ese desplazamiento involuntario produjo graves afectaciones como confinamiento, cambios abruptos en las actividades socioeconómicas, debilitamiento en los vínculos comunitarios, entre otros que pueden profundizarse en el informe El Corredor minero La Guajira-Cesar: Los derechos humanos al vaivén de la voluntariedad. En Roche nos recibió la profesora de la comunidad Eneris Molina, ella nos  acompañó a conocer el Río Ranchería, arteria fluvial de la región, que abastece a 4 de los 9 municipios de la Guajira y que desde el 2011 ha estado en mira de la empresa extractivista, pues quieren desviarlo 27 kilómetros para extraer el carbón que se encuentro debajo de su cauce y exportarlo. Enseguida, realizamos un breve recorrido por la comunidad y nos alistamos, pues el bus nos recogió al medio día.

 

Las entrevistas realizadas por los niños, niñas y jóvenes, nos hablan de una comunidad que reconoce su memoria histórica y asume una postura crítica frente a su  historia reciente, nos habla del arrasamiento de un pueblo que se resiste al olvido y al exterminio, y que a pesar de las relaciones tensas con el nuevo territorio y con actores sociales, institucionales y militares que irrumpieron sin invitación de sus moradores y que debilitaron los aspectos identitarios, rupturas del tejido social y poniendo obstáculos para la construcción de una comunidad activa, han identificado  nuevas maneras de sociabilidad (Torres, 2013), basadas en un primer momento en la reconstrucción de la confianza y en la conformación de redes.

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